VALS, de Soledad González
Por Grupo Los Delincuentes, en Teatro La Cochera, sábados y domingos de junio.
En escena: Bati Diebel, Giovanni Quiroga, Estrella Rohrstock, Galia Kohan y Paco Giménez; Diseño Sonoro y Composición Musical Guillermo Ceballos; Diseño Lumínico Rafael Rodríguez; Diseño y Realización de Vestuario Ana Rojo; Realización de Escenografía Toto Córrpora; Asistencia de Dirección y Producción Florencia Cisneros; Fotografía Juan Manuel Alonso; Prensa Vanesa Toranzo; Dirección General Cristina Gómez Comini.
Cuando entré a la sala, debí pasar por un espacio totalmente despojado de objetos, con sólo unas pocas sillas tapizadas de negro que, por eso, por oposición, se destacaban sobre el suelo blanco, uniforme.
Tras un breve apagón total, volvieron las luces y aparecieron los actores vestidos de blanco con velos negros transparentes y dos de las actrices, con tocados de tul, blanco en una, negro en la otra. Y la tercera, con una garra con visera. En ese memento advertí que había dos posibilidades para nosotros, los espectadores. O nos dejábamos llevar por la mente advirtiendo que ese blanco del piso y de las telas del vestuario es la luz, la vida, en oposición al negro profundo de las sillas, la muerte, y al negro tenue de las telas transparentes, la muerte en acecho, la muerte que llega, la proximidad de la muerte, ese limbo que, con los tocados que llevan Bati y Estrella, tocado de tul blanco uno, halo vital, la vida que está pero se está yendo, y de tul negro el otro, halo fúnebre, la muerte que no ha llegado todavía pero que ya está presente...
La otra posibilidad otra posibilidad era dejarse llevar por el corazón, órgano vitan y sensible de la visión judeo-cristiana del hombre.
Esta segunda posibilidad fue lo que me pasó a mí cuando el domingo último estuve en el teatro La Cochera viendo VALS. Me dejé llevar por la emoción y sentí que VALS era como una continuación de LA EDAD DE LOS NUNCA que este grupo teatral nos había maravillado tiempo atrás. Con los integrantes del grupo teatral, ingresé al Hades primero y a La Divina Comedia después. Paco empezó a descubrir el cuerpo humano, su cuerpo: cabeza, tronco, dos ojos, dos fosas nasales, etc., etc., etc. Y apela al corazón, el órgano humano que simboliza el corazón.
En otro momento, seleccionando del enorme paradigma de la música bailable, optaron por Tu Cabeza en mi hombro, de Neil Secaka, popular canción de la década de los '60 cuando Paco, Giovanni, Bati, Galia y Estrella eran adolescentes, pero además porque en la letra se apela al susurro "Whisper in my ears" (Susúrrame en el oído), al deseo "What I want to hear" (lo que quiero escuchar), y al amor "That you love me too" (que vos también me amás). Y este susurro se repite, muy suavemente, a modo de susurro, pero a cargo de un coro, como en la tragedia y en la comedia griegas de la antigüedad "That you love me too".
En el Hades griego, Bati, Galia, Estrella, Paco y Giovanni pasan sin solución de continuidad, pero con maestría, por distintos tiempos: el ayer, el hoy, bailan, discuten por el color de la pared. ¿Es blanca? ¿Es azul? En este caso el blanco y el azul son símbolos de las verdades personales, de las verdades con minúscula que, sumándose, conducen a la Verdad con mayúscula, verdad que, como decía Sócrates, sólo pueden alcanzar artistas y filósofos en tanto creadores.
Los cinco actores presentes en escena (Beatriz Gutierrez está ausente corporalmente pero presente conceptual y emotivamente; está su silla que, durante todo el espectáculo, permanece vacía, presente pero vacía, porque Beatriz es parte integrante e integral del grupo Los Delincuentes), nos llevan al Hades, y allí recuerdan y olvidan, están simbólicamente en la puerta del Hades y tienen la posibilidad de beber de las aguas del río Leto y olvidar los recuerdos, como lo hace el común de los mortales, o no beber de esa agua y pasar e los Campos Eliseos, lugar reservado a los que recuerdan, a los sabios, a los artistas, como afirmaba Platón. Porque los artistas son sabios y filósofos porque dedican su vida a la creatividad, porque recuerdan la vida en la totalidad cósmica, en el Universo, lo que que la psicología con Freud primero y Jung después, llamaron el Inconsciente Colectivo.
Al finalizar el espectáculo me pregunté: ¿Los creativos teatrales como Galia, Estrella, Bati, Giovanni y Paco, irán al infierno, al purgatorio o al paraíso de la obra de Dante Alighieri? Y sentí que me invadía una profunda alegría. Ellos, Los Delincuentes, junto a Soledad González y Cristina Gómez Comini, responsable una del excelente texto y de la excelente dirección y puesta en escena la otra, no están destinados al paraíso de la Divina Comedia, sino al Infierno dantesco al que van los que no bebieron de las aguas del río Leto, los que recuerdan y trabajn creativamente con la esencia, con los valores, con el alma, ánima, álito, animé de los seres humanos, con su fuerza trascendente. Porque en el Infierno de Dante están Sócrates, Platón, Aristóteles y otros creadores, otros inquisidores de la esencia del hombre. Y definitivamente Giovanni, Paco, Estrella, Galia, Bati, Cristina y Soledad son verdaderos buceadores de la esencia, de los valores humanos trascendentales.
Realmente un excelente trabajo el que me ofrecieron (regalaron) estas siete personas el domingo pasado en el teatro La Cochera. Y confieso que quiero, que necesito ver nuevamente este trabajo porque es una obra que abunda en símbolos, símbolos exquisitos porque remiten, todos a la Literatura, al Arte Universales (sí, con mayúscula); y quiero rescatarlos a todos.
lunes, 25 de junio de 2018
domingo, 12 de junio de 2016
ROÍDA
ROÍDA, de Martín Gaetán y Daniela Trakál
En escena: Daniela Trakál, Cubano Moreno y Fede Tapia; Asistencia de Arte: Luciana Sgró Ruata y Natacha Chauderlot; Realización Escenográfica: Daniel Aimetta; Vestuario: Luciana Sgró Ruata; Gráfica y Fotografía: Gastón Maglieri; Producción de Video: Horacio Fierro; Dirección General: Martín Gaetán.
Sábados de junio y julio, en La Nave Escénica, Ovidio Lagos 578, Córdoba.
Mientras entrábamos a la sala y nos acomodábamos en las cómodas butacas, se veía a la actriz Daniela Trakál en posición absolutamente artificial (podría decirse que era una posición de diva a la que hacen posar para sacarle una foto), postura de Diva, así, con mayúsuclas, sobre un sillón de respaldo muy alto. Y cuando ya estamos todos los espectadores acomodados y en silencio, empieza la actriz a despertar de ese profundo sueño en el que estaba sumida. Y habla dirigiéndose al paraíso del teatro donde, supuestamente se encuentra alguien. No sabemos de quién se trata porque no lo identifica, pero sabemos que es alguien muy familiar por el modo de habar de la actriz. ¿Y por qué habla hacia el paraíso?, porque le habla a un muerto, a un fantasma, a alguien que ya no está entre nosotros, alguien que está "en el paraíso".
Daniela Trakál, en un marátonico trabajo, encarna a Victoria Montes, actriz-diva que, según se narra en el espectáculo teatral, tuvo un pasado de gloria en las tablas, pero que en el presente del hecho teatral, está en el ocaso, en la decadencia, en el momento en que su casa-teatro está por ser demolida en nombre del progreso. Por eso, creo, la permanente apelación al texto de Anton Chejov (1860-1904) El Jardín de los Cerezos, pieza en la que el dramaturgo ruso muestra a la aristocracia de su país que ve peligrar su estatus social a través de la metafórica tala del bello jardín de cerezos a punto de ser rematado para dar paso al progreso.
El personaje, Victoria Montes, alude a Jean Cocteau (1889-1963) permanentemente y, según entendí, lo hace rescatando dos frases famosas del dramaturgo francés: Hay que sentir antes que comprender; Victoria no comprende qué está pasando, qué significa el despojo que se está produciendo de su pasado; y La vida es una caída horizontal. Victoria cae, se desploma viendo desaparecer su glorioso pasado.
Aparece en un momento quien fuera su director teatral, y quizá también su compañero de vida, aparición fantasmagórica (totalmente de blanco) con quien Victoria mantiene un constante enfrentamiento: ella, la actriz, la que siente, la que cae, en contraposición a las explicaciones teóricas sin sentido del director, en directa alusión al rol que en el teatro cumplen los actores (sentimiento, vivencia, entrega) y los teóricos que, y valga la redundancia, teorizan todo pero no sienten ni vivencian ni se entregan.
Victoria usa distintos vestuarios, pero nunca se saca el camisón; éste está unido permanentemente a su cuerpo, a su dermis, porque Victoria, más allá de sus recuerdos y revivencias, está deprimida, está entregada. Son realmente magníficas las distintas escenas que encarna Daniela Trakál a lo largo del espectáculo, y los hace siendo realmente hilarante por momentos y conmovedoramente dramática en otros. La capacidad histriónica de Daniela, excelente por cierto, permiten que la obra, que dura más de una hora, mantenga permanentemente la atención de nosotros, los espectadores.
Victoria habla por teléfonos, y digo teléfonos en plural porque son distintos y de distintas épocas, pero todos modelos del siglo pasado, siglo en el que quedó el esplendor de la diva Victoria Montes en que aparecía en grandes afiches. Pero todas las conversaciones telefónicas son desde teléfonos evidentemente desconectados, porque también sus diálogos telefónicos son fantasmales, sólo ocurren en su mente.
En un momento entra un ser real de carne y hueso, un personaje contemporáneo (se comunica por teléfono celular, está vestido a la moda y con color) y totalmente cotidiano. Es evidente su cordobesismo. Se presenta como un experto en decoración, pero en realidad es un empleado de la empresa de demoliciones que va guardando en cajas los elementos de Victoria, evaluando qué sirve económicamente y qué no. Está desvistiendo la casa-teatro, está desgarrando a Victoria, la está matando, muerte que se materializa metafóricamente cuando éste, y después de un evidente forcejeo, le arrebata la "caja en que guardo todas mis utilerías", el pasado glorioso de la diva.
Por eso a Victoria sólo le queda, vistiendo únicamente el camisón, hablar con un teléfono desconectado con sus fantasmas, pero esta vez ahorcándose con el cable del teléfono. Su trágica vida ha terminado, ya no habrá más teatro para ella.
Creo, y creo no equivocarme, que estos jóvenes teatreros han puesto de manifiesto, y de modo excelente, la realidad de los actores, la vejez de los actores, el ocaso de los actores, el ostracismo de los actores, el olvido final de los actores. Por eso, antes de la llamada telafónica final, los tramoyistas invaden la escena llevándose todo, dejando la escena totalmente despojada, desnuda.
Antes de terminar con esta impresión que tuve con lo que vi anoche en La Nave Escénica, tengo que felicitar al cuerpo técnico ya que vestuario, escenografía, musicalización y realización son, sencillamente, excelentes y creativos.
Al grupo teatral, gracias, gracias de corazón porque me hicieron pasar un momento realmente emocionante como espectador. Inviten, inviten a mucha gente para que los vea porque....., realmente son magníficos.
En escena: Daniela Trakál, Cubano Moreno y Fede Tapia; Asistencia de Arte: Luciana Sgró Ruata y Natacha Chauderlot; Realización Escenográfica: Daniel Aimetta; Vestuario: Luciana Sgró Ruata; Gráfica y Fotografía: Gastón Maglieri; Producción de Video: Horacio Fierro; Dirección General: Martín Gaetán.
Sábados de junio y julio, en La Nave Escénica, Ovidio Lagos 578, Córdoba.
Mientras entrábamos a la sala y nos acomodábamos en las cómodas butacas, se veía a la actriz Daniela Trakál en posición absolutamente artificial (podría decirse que era una posición de diva a la que hacen posar para sacarle una foto), postura de Diva, así, con mayúsuclas, sobre un sillón de respaldo muy alto. Y cuando ya estamos todos los espectadores acomodados y en silencio, empieza la actriz a despertar de ese profundo sueño en el que estaba sumida. Y habla dirigiéndose al paraíso del teatro donde, supuestamente se encuentra alguien. No sabemos de quién se trata porque no lo identifica, pero sabemos que es alguien muy familiar por el modo de habar de la actriz. ¿Y por qué habla hacia el paraíso?, porque le habla a un muerto, a un fantasma, a alguien que ya no está entre nosotros, alguien que está "en el paraíso".
Daniela Trakál, en un marátonico trabajo, encarna a Victoria Montes, actriz-diva que, según se narra en el espectáculo teatral, tuvo un pasado de gloria en las tablas, pero que en el presente del hecho teatral, está en el ocaso, en la decadencia, en el momento en que su casa-teatro está por ser demolida en nombre del progreso. Por eso, creo, la permanente apelación al texto de Anton Chejov (1860-1904) El Jardín de los Cerezos, pieza en la que el dramaturgo ruso muestra a la aristocracia de su país que ve peligrar su estatus social a través de la metafórica tala del bello jardín de cerezos a punto de ser rematado para dar paso al progreso.
El personaje, Victoria Montes, alude a Jean Cocteau (1889-1963) permanentemente y, según entendí, lo hace rescatando dos frases famosas del dramaturgo francés: Hay que sentir antes que comprender; Victoria no comprende qué está pasando, qué significa el despojo que se está produciendo de su pasado; y La vida es una caída horizontal. Victoria cae, se desploma viendo desaparecer su glorioso pasado.
Aparece en un momento quien fuera su director teatral, y quizá también su compañero de vida, aparición fantasmagórica (totalmente de blanco) con quien Victoria mantiene un constante enfrentamiento: ella, la actriz, la que siente, la que cae, en contraposición a las explicaciones teóricas sin sentido del director, en directa alusión al rol que en el teatro cumplen los actores (sentimiento, vivencia, entrega) y los teóricos que, y valga la redundancia, teorizan todo pero no sienten ni vivencian ni se entregan.
Victoria usa distintos vestuarios, pero nunca se saca el camisón; éste está unido permanentemente a su cuerpo, a su dermis, porque Victoria, más allá de sus recuerdos y revivencias, está deprimida, está entregada. Son realmente magníficas las distintas escenas que encarna Daniela Trakál a lo largo del espectáculo, y los hace siendo realmente hilarante por momentos y conmovedoramente dramática en otros. La capacidad histriónica de Daniela, excelente por cierto, permiten que la obra, que dura más de una hora, mantenga permanentemente la atención de nosotros, los espectadores.
Victoria habla por teléfonos, y digo teléfonos en plural porque son distintos y de distintas épocas, pero todos modelos del siglo pasado, siglo en el que quedó el esplendor de la diva Victoria Montes en que aparecía en grandes afiches. Pero todas las conversaciones telefónicas son desde teléfonos evidentemente desconectados, porque también sus diálogos telefónicos son fantasmales, sólo ocurren en su mente.
En un momento entra un ser real de carne y hueso, un personaje contemporáneo (se comunica por teléfono celular, está vestido a la moda y con color) y totalmente cotidiano. Es evidente su cordobesismo. Se presenta como un experto en decoración, pero en realidad es un empleado de la empresa de demoliciones que va guardando en cajas los elementos de Victoria, evaluando qué sirve económicamente y qué no. Está desvistiendo la casa-teatro, está desgarrando a Victoria, la está matando, muerte que se materializa metafóricamente cuando éste, y después de un evidente forcejeo, le arrebata la "caja en que guardo todas mis utilerías", el pasado glorioso de la diva.
Por eso a Victoria sólo le queda, vistiendo únicamente el camisón, hablar con un teléfono desconectado con sus fantasmas, pero esta vez ahorcándose con el cable del teléfono. Su trágica vida ha terminado, ya no habrá más teatro para ella.
Creo, y creo no equivocarme, que estos jóvenes teatreros han puesto de manifiesto, y de modo excelente, la realidad de los actores, la vejez de los actores, el ocaso de los actores, el ostracismo de los actores, el olvido final de los actores. Por eso, antes de la llamada telafónica final, los tramoyistas invaden la escena llevándose todo, dejando la escena totalmente despojada, desnuda.
Antes de terminar con esta impresión que tuve con lo que vi anoche en La Nave Escénica, tengo que felicitar al cuerpo técnico ya que vestuario, escenografía, musicalización y realización son, sencillamente, excelentes y creativos.
Al grupo teatral, gracias, gracias de corazón porque me hicieron pasar un momento realmente emocionante como espectador. Inviten, inviten a mucha gente para que los vea porque....., realmente son magníficos.
José Luis Bigi
lunes, 28 de marzo de 2016
HISTORIAS MUNDANAS, de Jordán Medeót
Actúan: Antara Wells y Jordán Medeót; Escenografia: Federico Tapia; Maquillaje en escena: Ximena Silbert; Diseño de tapa: Ova Elías; Texto: Jordán Medeót; Dirección general: Lucas Solé. Domingos de marzo y abril 21 hs.; Teatro La Cochera, Fructuoso Rivera 541; Córdoba.
Cuando dieron sala, me topé con un espacio recargado de escenografía y, para llegar a platea, tuve que caminar por entre el decorado. Me sorprendió por lo recargado, casi podría decir que era muy almodovariano. Y quedé sorprendido, sin poder imaginar cómo podrían moverse los actores en esos verdaderos vericuetos.
La música, muy alta por cierto, anunció el ingreso de ella, Lola Dupont, la travesti quien en tono intimista y emotivo cuenta su historia, cuando revolvía el ropero de su madre para deleitarse con sus ropas y las respuestas del padre machista, incapaz de entender -y menos de aceptar- la personalidad del hijo.Nuevamente la música y entra en escena Dardo, un niño de la calle quien, con el correr del tiempo se convertirá en un buscavidas, un amante de travestis para terminar siendo él una travesti.
Dardo nos cuenta también su infancia, cuando se enamora locamente de una mujer, la hija del dueño de donde él trabajaba; cómo en un campamento de varones adolescentes, llevados por un sacerdote que se saca la sotana y queda desnudo, con cuerpo atlético, frete a los alumnos, a quienes invita desnudarse y entrar al agua; quedan todos desnudos menos uno, Danielito (y Dardo lo llama siempre así, en diminutivo, lo que acentúa la indefensión del muchachito), quien es violado por todos sus compañeros con la mirada cómplice y el silencio del sacerdote. En un momento, nos cuenta Dado, él defiende al compañerito y lo acompaña a su casa; lo abraza; lo protege y....., tiene sexo con él, con Danielito. Su primera experiencia sexual fue con él, nos remarca, con Danielito, con un varón.
Sin solución de continuidad, las escenas (monólogos alternados con diálogos) hace avanzar la obra, con mucho humor, con y rico despliegue de vestuario y pelucas por parte de Lola Dupont, con escenas romántico-eróticas y de peleas que, más que verdaderas peleas, son discusiones propias de dos personas, de una pareja que tiene muchos años de convivencia.
Para mí, la obra terminaba cuando Lola canta "No, no me puedo quejar....., ya pagué, olvidé......", pero no, no terminó ahí, siguió. Y me pregunté: ¿ahora qué?, temiendo que el excelente espectáculo que había visto, cayera, se diluyera....., pero para mi sorpresa y enorme satisfacción, la obra dio un giro de 180°. Empezó con una discusión porque Dardo, ya travestido, ha decidido partir hacia Río de Janeiro con un novio. Lola, cual hermana mayor, se le ríe diciéndole que es poco femenina, que ha gastado horas y horas eligiendo un nombre, que va a darse cuenta que el "novio" no es tal, que la va a dejar, que...... Le transmite su experiencia de vida. Es ahí donde aparece el verdadero significado de la obra: la soledad, la soledad de los seres humanos en general, en tanto humanos, pero particularmente la soledad de las personas que, según el juicio moral de la sociedad, son distintas, y fundamentalmente distintas en su vida sexual. (Pero también sabemos que la moral es cultural y que, como tal, es dinámica, cambia, y lo que hoy está mal visto, mañana ya no lo estará, o lo que hoy está bien visto, mañana puede estar mal).
Y como lo viene asegurando Lola, Dardo travestido, grotescamente travestido, tiene la desilusión de su nueva vida, la primera, la que le dice a gritos "Lola tenía razón, escuchá la voz de la experiencia".
Realmente es una excelente obra, en su escritura, en su dirección y en su actuación. Nos enfrenta a la soledad de los "diferentes", los "distintos", pero también nos enfrenta a la soledad de los seres humanos, a la realidad de las parejas (hombre-hombre; hombre-mujer; mujer-mujer) que, con el paso de los años y la convivencia van mutando desde la líbido, puramente sensual, a la amistad, categoría espiritual.
La única cosa que me dejó un poco perplejo fueron los discursos del debate parlamentario sobre el matrimonio igualitario. Se hace centro en la condición humana de toda conducta sexual, y está muy bien porque cada quien es dueño de llevar la vida sexual que le plazca; pero se destaca muy especialmente la incomprensión, e incluso persecución, que los regímenes de derecha tienen hacia los homosexuales, pero hubiera sido correcto, según mi punto de vista, decir también que los regímenes de izquierda, como es el caso de Cuba, también persiguen y encarcelan a los homosexuales. Porque la intolerancia moral a la sexualidad, no tiene ideología; es de derecha, de centro y de izquierda.
Para terminar, sólo me queda decir que realmente pasé un momento de pleno goce y satisfacción. Antara Wells, Jordan Medeót, Federico Tapia, Ximena Silbert, Ova Elías y Lucas Solé, gracias, una y mil veces gracias por el hermoso momento que me regalaron.
viernes, 12 de junio de 2015
¡GALOPE! Hipotética Ficción
Autor: Luis Fernando Quinteros; En escena: Rafael Rodríguez y Fernando Castello; Diseño Escenográfico: Natacha Chauderlot; Diseño Escenográfico e Iluminación: Lucas Solé; Asistencia de Dirección: Florencia Cisneros; Dirección: Bati Diebel. Teatro: Sala Mayor Ciudad de las Artes.
Al levantarse el telón me impactó esa alfombra circular iluminada de rojo intenso. Intuí que la obra trataría de una pasión. Y habiendo leído en el diario y en el programa de mano que se trataba de la historia del Brigadier General Juan Bautista Bustos con su caballo Mestizo tras la derrota en La Tablada a manos del General José María Paz, y viendo el pedestal en el centro de escena, el sable y el esqueleto de la cabeza de un caballo, pensé que el autor era un escritor que adhería al Revisionismo, ya que la figura de J.B.Bustos fue reivindicada hace muy pocos años. Antes, este primer gobernador constitucional de Córdoba y ferviente partidario del Federalismo, la historia lo había olvidado, o quizá tendríamos que decir que fue ignorado, omitido. Y no me equivoqué ya que a lo largo del desarrollo de la obra, se reivindica el Revisionismo Histórico y se proyecta el monumento.
Los actores, por cierto que excelentes histriones, aparecen por ambos lados y ya no abandonan el escenario. Cuentan el momento que están viviendo, perseguidos por los Unitarios. Bustos no quiere caer en manos de éstos, Mestizo le propone ideas y le asegura que él, su caballo, haría lo que el brigadier sugiriera porque su vida es eso, obedecer con lealtad, con fidelidad.
Y así como al pensar en Don Quijote evocamos a Rocinante, o con el Cid Campeador evocamos a Babieca, después de ver la obra de Quinteros, ya no podremos dejar de evocar a Mestizo. Porque en este caso, la historia de hombre y caballo, de Bustos y Mestizo, es una verdadera historia de amor, en el cabal significado platónico. Porque, ¡esa era la relación del hombre del siglo XIX con el caballo! Gaucho y caballo eran una simbiosis. Y los actores viven esa simbiosis con pasión. Bustos evoca permanentemente a su amor pasional, su esposa, pero con su caballo vive una simbiosis al punto tal que, cuando le ordena al caballo saltar desde el barranco al río, le cubre la cabeza a Mestizo para que saltara sin ver. Y los dos, inmersos en el río, excelente significante del fluir de la vida, significante que significa el destino común de Bustos y Mestizo van llegando el final de la obra cuando Bustos se convierte en Mestizo, y éste en aquel, por eso ahora hay que decir Bustosmestizo o Mestizobustos, porque ahora los dos personajes son uno: Centauro.
Hacía mucho tiempo que no veía una obra de teatro donde la escenografía, el vestuario, la iluminación, el sonido, las actuaciones y la dirección estuvieran tan equilibradas. Porque si quisiera destacar algo, no sabría qué. Todo tiene un nivel tal de excelencia que logra presentarnos a nosotros, los espectadores, un cabal espectáculo teatral.
Es para destacar el final, barroco, que nos carga de tensión y, por eso, necesitamos el aplauso de pie. Sí, todos aplaudimos de pie porque nos encantó el trabajo pero también porque necesitamos descargar tensión, y el aplauso fue, el miércoles una catarsis en el más cabal significado aristotélico.
A Luis Quinteros, Rafael, Fernando, Natacha, Lucas, Florencia y Bati, muchas gracias.
Al levantarse el telón me impactó esa alfombra circular iluminada de rojo intenso. Intuí que la obra trataría de una pasión. Y habiendo leído en el diario y en el programa de mano que se trataba de la historia del Brigadier General Juan Bautista Bustos con su caballo Mestizo tras la derrota en La Tablada a manos del General José María Paz, y viendo el pedestal en el centro de escena, el sable y el esqueleto de la cabeza de un caballo, pensé que el autor era un escritor que adhería al Revisionismo, ya que la figura de J.B.Bustos fue reivindicada hace muy pocos años. Antes, este primer gobernador constitucional de Córdoba y ferviente partidario del Federalismo, la historia lo había olvidado, o quizá tendríamos que decir que fue ignorado, omitido. Y no me equivoqué ya que a lo largo del desarrollo de la obra, se reivindica el Revisionismo Histórico y se proyecta el monumento.
Los actores, por cierto que excelentes histriones, aparecen por ambos lados y ya no abandonan el escenario. Cuentan el momento que están viviendo, perseguidos por los Unitarios. Bustos no quiere caer en manos de éstos, Mestizo le propone ideas y le asegura que él, su caballo, haría lo que el brigadier sugiriera porque su vida es eso, obedecer con lealtad, con fidelidad.
Y así como al pensar en Don Quijote evocamos a Rocinante, o con el Cid Campeador evocamos a Babieca, después de ver la obra de Quinteros, ya no podremos dejar de evocar a Mestizo. Porque en este caso, la historia de hombre y caballo, de Bustos y Mestizo, es una verdadera historia de amor, en el cabal significado platónico. Porque, ¡esa era la relación del hombre del siglo XIX con el caballo! Gaucho y caballo eran una simbiosis. Y los actores viven esa simbiosis con pasión. Bustos evoca permanentemente a su amor pasional, su esposa, pero con su caballo vive una simbiosis al punto tal que, cuando le ordena al caballo saltar desde el barranco al río, le cubre la cabeza a Mestizo para que saltara sin ver. Y los dos, inmersos en el río, excelente significante del fluir de la vida, significante que significa el destino común de Bustos y Mestizo van llegando el final de la obra cuando Bustos se convierte en Mestizo, y éste en aquel, por eso ahora hay que decir Bustosmestizo o Mestizobustos, porque ahora los dos personajes son uno: Centauro.
Hacía mucho tiempo que no veía una obra de teatro donde la escenografía, el vestuario, la iluminación, el sonido, las actuaciones y la dirección estuvieran tan equilibradas. Porque si quisiera destacar algo, no sabría qué. Todo tiene un nivel tal de excelencia que logra presentarnos a nosotros, los espectadores, un cabal espectáculo teatral.
Es para destacar el final, barroco, que nos carga de tensión y, por eso, necesitamos el aplauso de pie. Sí, todos aplaudimos de pie porque nos encantó el trabajo pero también porque necesitamos descargar tensión, y el aplauso fue, el miércoles una catarsis en el más cabal significado aristotélico.
A Luis Quinteros, Rafael, Fernando, Natacha, Lucas, Florencia y Bati, muchas gracias.
lunes, 8 de junio de 2015
BILIS NEGRA, Teatro de autopsia, por Ca Convención Teatro
En escena: Maura Sajeva; Misicalización: Agustín Domínguez; Diseño de luces y escenografía: Lilian Mendizábal; Realización: Matías Unsaín; Gráfica y Escenografía: Gastón Malgieri; Dramaturgia: Maura Sajeva y Daniela Martín; Dirección: Daniela Martín.
En el programa de mano leo que esta obra está basada en la historia de Fedra, según las versiones de Eurípides (480 aC - 406 aCC), Séneca (4 aC - 65 dC) y Racine (1639 - 1699), entre otros. Conciente de que hay mucha gente que conoce la historia de Fedra, pero que también hay quienes no la conocen, me parece atinado hacer una reseña muy sintética.
Fedra era una princesa cretense, hermana de Ariadna, la que ayudó a Teseo a salir del laberinto donde estaba el Minotauro. Teseo rapta a Fedra y tienen dos hijos. Pero ella, Fedra, se enamora de su hijastro, Hipólito, hijo de Teseo y Antíope. Hipólito era un hombre casto, enemigo de las pasiones mundanas, amante de la naturaleza y de la caza, adorador de Artemis. El objetivo de Hipólito era vivir como Ártemis. Rechaza las insinuaciones de Fedra y ésta, despechada, lo acusa de haber intentado violarla y se suicida. Teseo, cegado por la ira, entrega a su hijo a la furia de Poseidón, quien envió un monstruo marino que espantó a los caballos de Hipólito. Éste es arrastrado por los caballos y resultó gravemente herido; muere.
Cuando entré a la sala vi, en el centro del espacio escénico una mujer totalmente desnuda, acostada boca arriba, sobre un rectángulo forrado por una tela brillante que caía hacia los cuatro lados formando pliegues generosos. Realmente una reproducción de Fedra, esculpida en mármol. Y claro, lo primero que me llamó la atención fue esa figura femenina totalmente desnuda.
Y en un momento despierta, cobra vida muy lentamente y nos habla, con una voz muy dulce y perfectamente modulada, casi susurrando, que está muerta. Y nos habla de los cuatro humores que componen el cuerpo humano: la sangre que es roja; la flema que es amarilla clara; la bilis que es amarilla y, por último, la bilis negra. En ese momento, cuando se refiere a la bilis negra explicando que es la única que no se ve pero es la que duele, la que arde, la que entiende y vive el amor, entendemos que esa bilis negra que da título a la obra, es el alma. Pero no en el sentido religioso, sino en la concepción Platónica.
La actriz, Maura Sajeva, se desplaza por el espacio escénico y va teniendo distintas posiciones, mostrando todo el cuerpo y logrando que, a medida que avanza el monólogo en el que habla del dolor del alma, ese dolor que está en algún lado pero que no se sabe dónde, el dolor de haber muerto sin que Hipólito la haya siquiera tocado, poseído. Haciendo un excelente juego de palabras para explicar las diferencias y semejanzas entre el "ser" y el "estar" desde el punto de vista del estado, no del lugar, produce en nosotros, los espectadores, que esa actriz desnuda que nos recibió, se fuera transformando en esencia etérea, en el alma de Fedra con su dolor, con su desgarro y, si en algún momento, por nuestros prejuicios culturales condenamos a Fedra por tratar de seducir a un hijastro, cuando aplaudimos y antes de retirarnos de la sala, no nos acordamos del cuerpo, muy bello por cierto, de Maura; Maura había desaparecido, había mutado alma platótica. Por eso cuando entra a saludar con un vestido negro, me pregunté cómo es el cuerpo de Maura, me di cuenta que no me acordaba porque tenía en mi alma, el alma de Fedra.
Nuevamente la dupla Daniela-Maura lograron emocionarme, como lo hicieran hace varios años con la obra "Griegos" en Documenta Escénica, en la calle Lima.
Porque me regalaron un momento de goce pleno e hicieron vibrar mi alma platónica (¡Cómo me gustan Platón y su maestro, Sócrates!), Gracias, gracias a todos. José Luis Bigi
En el programa de mano leo que esta obra está basada en la historia de Fedra, según las versiones de Eurípides (480 aC - 406 aCC), Séneca (4 aC - 65 dC) y Racine (1639 - 1699), entre otros. Conciente de que hay mucha gente que conoce la historia de Fedra, pero que también hay quienes no la conocen, me parece atinado hacer una reseña muy sintética.
Fedra era una princesa cretense, hermana de Ariadna, la que ayudó a Teseo a salir del laberinto donde estaba el Minotauro. Teseo rapta a Fedra y tienen dos hijos. Pero ella, Fedra, se enamora de su hijastro, Hipólito, hijo de Teseo y Antíope. Hipólito era un hombre casto, enemigo de las pasiones mundanas, amante de la naturaleza y de la caza, adorador de Artemis. El objetivo de Hipólito era vivir como Ártemis. Rechaza las insinuaciones de Fedra y ésta, despechada, lo acusa de haber intentado violarla y se suicida. Teseo, cegado por la ira, entrega a su hijo a la furia de Poseidón, quien envió un monstruo marino que espantó a los caballos de Hipólito. Éste es arrastrado por los caballos y resultó gravemente herido; muere.
Cuando entré a la sala vi, en el centro del espacio escénico una mujer totalmente desnuda, acostada boca arriba, sobre un rectángulo forrado por una tela brillante que caía hacia los cuatro lados formando pliegues generosos. Realmente una reproducción de Fedra, esculpida en mármol. Y claro, lo primero que me llamó la atención fue esa figura femenina totalmente desnuda.
Y en un momento despierta, cobra vida muy lentamente y nos habla, con una voz muy dulce y perfectamente modulada, casi susurrando, que está muerta. Y nos habla de los cuatro humores que componen el cuerpo humano: la sangre que es roja; la flema que es amarilla clara; la bilis que es amarilla y, por último, la bilis negra. En ese momento, cuando se refiere a la bilis negra explicando que es la única que no se ve pero es la que duele, la que arde, la que entiende y vive el amor, entendemos que esa bilis negra que da título a la obra, es el alma. Pero no en el sentido religioso, sino en la concepción Platónica.
La actriz, Maura Sajeva, se desplaza por el espacio escénico y va teniendo distintas posiciones, mostrando todo el cuerpo y logrando que, a medida que avanza el monólogo en el que habla del dolor del alma, ese dolor que está en algún lado pero que no se sabe dónde, el dolor de haber muerto sin que Hipólito la haya siquiera tocado, poseído. Haciendo un excelente juego de palabras para explicar las diferencias y semejanzas entre el "ser" y el "estar" desde el punto de vista del estado, no del lugar, produce en nosotros, los espectadores, que esa actriz desnuda que nos recibió, se fuera transformando en esencia etérea, en el alma de Fedra con su dolor, con su desgarro y, si en algún momento, por nuestros prejuicios culturales condenamos a Fedra por tratar de seducir a un hijastro, cuando aplaudimos y antes de retirarnos de la sala, no nos acordamos del cuerpo, muy bello por cierto, de Maura; Maura había desaparecido, había mutado alma platótica. Por eso cuando entra a saludar con un vestido negro, me pregunté cómo es el cuerpo de Maura, me di cuenta que no me acordaba porque tenía en mi alma, el alma de Fedra.
Nuevamente la dupla Daniela-Maura lograron emocionarme, como lo hicieran hace varios años con la obra "Griegos" en Documenta Escénica, en la calle Lima.
Porque me regalaron un momento de goce pleno e hicieron vibrar mi alma platónica (¡Cómo me gustan Platón y su maestro, Sócrates!), Gracias, gracias a todos. José Luis Bigi
lunes, 22 de octubre de 2012
YO, EVA PERÓN, de Enrique Giungi por grupo Elencos Concertados
Actores en Escena: Mariana Bonadero, Carolina Britos, Carolina Gallardo, Diego González, Luis Iglesias, Luciana Maella, Marcos Polzoni, Cristian Parra, Rafael Taborda, Victoria Varas, Gastón Casabella, Lucas Leiva, Agustín Meneses y Esteban Rivarola. Coro: Martín Aguilar, Bárbara Alvarado, Vanesa Álvarez, Dolores Bazán, Lara Berns, Fabiana Blanco, Andrea Bonutto, Martín Cañete, Santiago Fernández, Dante Hascher, Sebastián Miranday, Nicolás Passarelli, Pablo Sorlino y Mariana Zárate. Asistentes: Malena Demin y Esteban Torino. Operación Técnica: Gozalo Mayol, Luisa Stille y Gerardo Vivona. Diseño de Luces: Matías Krause. Diseño de Sonido: Enrique Giungi. Asistente de Elenco: Gimena Ghisolfi. Diseño Gráfico: Diego González. Edición Multimedia: Gonzalo Pou. Coordinación de Maquillaje y Peinados: Javier Mullins. Diseño de Vestuario: Rafael Taborda. Confección de Vestuario: Alejandra Gastón. Asistente de Producción: Diego López. Producción: Elencos Concertados. Dirección General: Enrique Giungi. Sala: María Castaña, viernes y sábados de octubre.
En este momento en que detractores y seguidores están fanatizados, cegados por la pasión, como en los últimos años de la vida de Eva Duarte, no es ciertamente tarea fácil encarar, justamente, la vida de ésta. El grupo teatral Elencos Concertados, con la dramaturgia y dirección de Enrique Giungi, han resuelto de modo magistral este dilema poniendo en escena a un grupo de actores que, con acuerdos y controversias, deciden recrear la vida de Eva Duarte de Perón, desde sus orígenes en Junín hasta su muerte en Benos Aires.
La historia de Eva, como así también la historia del peronismo y de Argentina, está totalmente fragmentada y sometida a permanentes revisiones, algo que en la puesta queda perfectamente evidenciado a través de tres paños separados en los que se refleja esa Historia, paños que hacen las veces de una pantalla cinematográfica, pero que por ser tres paños separados, dejan zonas oscuras, vacías y, por ende, zonas de interrogación, de revisión, de interpretación.
Empieza con el bombardeo a Plaza de Mayo, en ocasión de la caída del peronismo y lentamente se encamina al pasado, hasta alcanzar los pasos de Eva como actriz. Mientras tanto, con ese fondo fragmentado y roto que nos muestra parcialmente la historia, en escena la historia de Eva parte desde el pasado hasta llegar al momento de su muerte, en brazos de su madre, escena tierna, humana y conmovedora, si las hay. Eva, en el lecho de muerte implorando a su madre que no permita que nadie la bañe, que nadie la vista, que nadie la vea desnuda; suplicando que le diga "Evita", así, en dimunitivo, remitiéndonos a "pobrecita", "solita", lo que la muestra en un total desamparo, en una total soledad. Y si puedo asegurar que esta escena es extremadamente humana y conmovedora, es porque en ese instante toda la bravura de Eva, de esa mujer que lucha por lo que quiere y cree, esa mujer que es pura pasión, regresa a su verdadera esencia: el desamparo, la soledad. Como anécdota, quisiera agregar que en ese momento, no sé por qué, recordé a María, madre de Jesús, cuando en la obra Mujeres ante el sepulcro, de Michel de Ghelderode dice, al final cuando deja de ser "La Virgen" y antes de caer el telón, "ahora puedo llorar como madre".
Raras veces, por no decir rarísimas, se presenta en Córdoba y de la mano de un grupo cordobés, un elenco tan numeroso en escena. Y creo que es un gran mérito del director el haber logrado una sinfonía, y si digo sinfonía es porque hay un perfecto equilibrio y ritmo entre los actores y el coro, como así también entre los actores entre ellos. El paso que logran entre el personaje y el actor va logrando ese feedback que acorta las distancias entre actor-personaje-actor hasta llegar a su máxima expresión en el momento en que, con Eva en la cama, Marcos Polzoni -director- lleva sus manos a la espalda, levanta el pecho, retrae el mentón y es Juan Domingo Perón y Mariana Bonadero -Julia- se acurruca en el lecho contrae el rostro en expresión de dolor, dolor físico y moral por la traición de Juan Domingo y es Eva Duarte.
La puesta pasea por distintos estilos teatrales, como el humorismo en el de las señoras de la Sociedad Rural magníficamente interpretadas por Gastón Casabella, Lucas Leiva, Agustín Meneses y Esteban Rivarola, hasta las escenas realistas como la aparición de Luciana Mealla -Niní Marshal- y Diego González -Juan Carlos Thorry-; o la escena irónica de Victoria Varas -Victoria Ocampo-; y el naturalismo en la escena de Rafael Taborda -Paco Jamandreu- con Mariana Bonadero -Eva Duarte-.
El grupo aborda sin miedo y con realismo distintos tópicos que caracterizaron a esa época, tópicos que, por otro lado, son recurrentes en nuestra historia nacional y todavía no hemos superado, como la censura, el patoterismo, el paternalismo, el resentimiento y el doble discurso, ese que pronuncian los gobernantes pero que no se condice con las acciones de gobierno.
Para terminar, quiero decir que pocas veces ha salido tan contento de un teatro, tan pleno; porque después de ver un trabajo como que el hace el grupo Elencos Concertados sólo se puede decir gracias, gracias teatreros por haber hecho lo que hicieron.
En este momento en que detractores y seguidores están fanatizados, cegados por la pasión, como en los últimos años de la vida de Eva Duarte, no es ciertamente tarea fácil encarar, justamente, la vida de ésta. El grupo teatral Elencos Concertados, con la dramaturgia y dirección de Enrique Giungi, han resuelto de modo magistral este dilema poniendo en escena a un grupo de actores que, con acuerdos y controversias, deciden recrear la vida de Eva Duarte de Perón, desde sus orígenes en Junín hasta su muerte en Benos Aires.
La historia de Eva, como así también la historia del peronismo y de Argentina, está totalmente fragmentada y sometida a permanentes revisiones, algo que en la puesta queda perfectamente evidenciado a través de tres paños separados en los que se refleja esa Historia, paños que hacen las veces de una pantalla cinematográfica, pero que por ser tres paños separados, dejan zonas oscuras, vacías y, por ende, zonas de interrogación, de revisión, de interpretación.
Empieza con el bombardeo a Plaza de Mayo, en ocasión de la caída del peronismo y lentamente se encamina al pasado, hasta alcanzar los pasos de Eva como actriz. Mientras tanto, con ese fondo fragmentado y roto que nos muestra parcialmente la historia, en escena la historia de Eva parte desde el pasado hasta llegar al momento de su muerte, en brazos de su madre, escena tierna, humana y conmovedora, si las hay. Eva, en el lecho de muerte implorando a su madre que no permita que nadie la bañe, que nadie la vista, que nadie la vea desnuda; suplicando que le diga "Evita", así, en dimunitivo, remitiéndonos a "pobrecita", "solita", lo que la muestra en un total desamparo, en una total soledad. Y si puedo asegurar que esta escena es extremadamente humana y conmovedora, es porque en ese instante toda la bravura de Eva, de esa mujer que lucha por lo que quiere y cree, esa mujer que es pura pasión, regresa a su verdadera esencia: el desamparo, la soledad. Como anécdota, quisiera agregar que en ese momento, no sé por qué, recordé a María, madre de Jesús, cuando en la obra Mujeres ante el sepulcro, de Michel de Ghelderode dice, al final cuando deja de ser "La Virgen" y antes de caer el telón, "ahora puedo llorar como madre".
Raras veces, por no decir rarísimas, se presenta en Córdoba y de la mano de un grupo cordobés, un elenco tan numeroso en escena. Y creo que es un gran mérito del director el haber logrado una sinfonía, y si digo sinfonía es porque hay un perfecto equilibrio y ritmo entre los actores y el coro, como así también entre los actores entre ellos. El paso que logran entre el personaje y el actor va logrando ese feedback que acorta las distancias entre actor-personaje-actor hasta llegar a su máxima expresión en el momento en que, con Eva en la cama, Marcos Polzoni -director- lleva sus manos a la espalda, levanta el pecho, retrae el mentón y es Juan Domingo Perón y Mariana Bonadero -Julia- se acurruca en el lecho contrae el rostro en expresión de dolor, dolor físico y moral por la traición de Juan Domingo y es Eva Duarte.
La puesta pasea por distintos estilos teatrales, como el humorismo en el de las señoras de la Sociedad Rural magníficamente interpretadas por Gastón Casabella, Lucas Leiva, Agustín Meneses y Esteban Rivarola, hasta las escenas realistas como la aparición de Luciana Mealla -Niní Marshal- y Diego González -Juan Carlos Thorry-; o la escena irónica de Victoria Varas -Victoria Ocampo-; y el naturalismo en la escena de Rafael Taborda -Paco Jamandreu- con Mariana Bonadero -Eva Duarte-.
El grupo aborda sin miedo y con realismo distintos tópicos que caracterizaron a esa época, tópicos que, por otro lado, son recurrentes en nuestra historia nacional y todavía no hemos superado, como la censura, el patoterismo, el paternalismo, el resentimiento y el doble discurso, ese que pronuncian los gobernantes pero que no se condice con las acciones de gobierno.
Para terminar, quiero decir que pocas veces ha salido tan contento de un teatro, tan pleno; porque después de ver un trabajo como que el hace el grupo Elencos Concertados sólo se puede decir gracias, gracias teatreros por haber hecho lo que hicieron.
José Luis Bigi
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